I
Dan pena estos tiempos que parten a la busca de un centro. Dan pena porque lo encuentran. Dan pena porque lo llaman Dios. No saben lo que hacen. En este mundo en el que las cosas se desvanecen, en el que las viejas cohesiones se diluyen, Dios es la figura en cuyo nombre algunos depositan la esperanza de conservación de los bienes del espíritu. Luchamos por lo que no tenemos, entonces, dado que Dios ni ha muerto ni se ha retirado, ni estuvo jamás en las manos -o al cuidado- de tales reclamadores. Si Dios es centro, si es esperanza de algo, lo es sólo para los descentrados, para los desesperanzados, no para quienes temen perder lo que ya poseen e invocan a un Dios-conjuro, magro en solicitudes rituales, que salve los privilegios de sus vidas atomizadas por el escándalo de la decadencia occidental; (pienso en el pobre Vattimo).
Lo cierto es que la cultura no tiene por qué ser conservada. Ella es como la naturaleza; debe aceptar los vientos que la modifican, los cataclismos que la borran. Van Gogh es delicioso, es sublime, pero puede desaparecer. Ravel es adorable, es magnífico, pero puede desaparecer. Las Pirámides admiten la ley del desmoronamiento; las maravillas no son ajenas a los esfumados de la edad. ¿Qué vale la pena guardar en este mundo de temor y temblor?; mejor aún, ¿qué es aquí lo único guardable?
En cierto sentido, puede afirmarse que todo el trabajo de Pascal se resumió en haber discutido la noción de centro. Nadie emprende este viaje sin la convicción de que el centro no existe, o bien -y es casi lo mismo- intuyéndolo situado en un punto inaccesible para los moradores de esta ribera dislocada del universo, de este barrio de segunda mano con el que la divinidad emparchó la parte más oscura de sus espléndidos abismos. Sólo así el centro puede ser concebido como necesario -: sólo así gana para nosotros su derecho a una existencia conceptual. Pascal inventó a la vez el desorden lateral de nuestra nada y la urgencia del centro que redimía ese desorden. Luego, se aplicó a traducir a términos morales este diagrama no trazable ante cuyas proporciones incomprensibles colapsan los instrumentos de que disponemos, forzándonos a abdicar de toda medición.
En todo caso, Pascal vio que las figuras geométricas eran otra forma de alucinar una totalidad; ellas podían representar, por su ficción de solidez, una aproximación no a Dios (por cierto) sino al problema insoluble de un Dios inaccesible. Un vacío se extendía entre la letra y el misterio (“Pensées”, 284): inexistentes en la naturaleza, las figuras geométricas eran entonces la imagen positiva de un Dios existente fuera de la naturaleza. A la excepción cartesiana (Gilberte Périer refiere que Pascal solía decir lo siguiente: “No consigo disculpar a Descartes; él hubiera podido, en toda su filosofía, prescindir completamente de Dios; pero no pudo evitar hacerle dar un empujoncito que pusiera al mundo en movimiento; tras esto, Dios ya no le servía para nada”, Brunschvicg-Lewis, 1947: 168), Pascal le opuso una excepción que se cobraba todas las formas de lo posible, de lo pensable. La fe era para él, por tanto, la excepción de una excepción. La fe era la respuesta carnal a los complejos logaritmos del alma; pues era en la probabilidad que latía la certeza. La verdad inmutable, como una cábala, domiciliaba sus sueños en los recesos de la suerte.
II
¿Qué es el centro? Edmond Jabès decía que el centro es ausencia: “Point de centre où le cercle est impossible…/ Le centre est le seuil…/ Le centre est le deuil” (“No hay centro donde el círculo es imposible… / El centro es el umbral… / El centro es el duelo”). En una carta dirigida al matrimonio Périer con motivo de la muerte de Étienne Pascal, padre de Blaise -acontecida el 24 de setiembre de 1651-, el hijo logró interponer una difícil distancia entre él y el hecho penoso, y concibió como consecuencia de ello unas cuantas frases notables. Transcribo el siguiente triángulo:
“…adoraremos en humilde silencio la altura impenetrable de Sus secretos…”;
“…la muerte es la única cosa que puede liberar al alma de la concupiscencia de los miembros…”;
“Consideremos pues la vida como un sacrificio; que los accidentes de la vida no dejen impronta en el espíritu de los cristianos más que en la medida en que aquellos interrumpan o permitan llevar a cabo ese sacrificio” (“Lettres”, Paris, Crès, 1922: XIII, 155-180).
Tras proponer los catetos fijos de la Providencia y de la muerte, viene la hipotenusa trémula del sujeto, que debe estirarse hasta lograr la exactitud de ese infinito. La plasticidad de la vida humana -lado elástico que no es posible omitir- está consignada bajo el término “sacrificio”. Pero el sacrificio es una acción, conlleva un movimiento aún si su realización implica el interior de un concepto. Partir del concepto era un error para Pascal, puesto que un concepto era ya una figura, y una figura significaba a su modo una pequeña eternidad. Nuestra vida está reñida con las seguridades que las abstracciones proporcionan; ella sabe del dolor, de la animadversión y del desasosiego. El centro debe ser entonces la acción misma, es decir el sacrificio, el movimiento como garantía del concepto. De hecho, el sacrificio no existe porque allí haya un cierto Bien, sino para que lo haya. El movimiento-acción-sacrificio es el origen de un logos que sólo “a posteriori” acudirá a justificarlo. El problema geométrico -un puntual drama de líneas- está en el origen de su razón, no lo inverso. El don ocurre con anterioridad a lo dado.
Un don, sin embargo -un movimiento-sacrificio-acción-, no existe excepto como límite. ¿Y cómo puede existir un límite salvo como límite puesto, o pensado? Devueltos ahora al concepto -al origen de ese límite-, todo parecería recomenzar; los cables íntimos del acto se deshilacharían revelando el fantasma de la idea y generando una distinta sucesión: un concepto, no la acción, establecería entonces todo inicio; el límite cobraría luego la forma de un movimiento; el movimiento se transformaría después en el centro transitorio (móvil siempre en este mundo cambiante) de un concepto todavía mayor, que retomaría “ad infinitum” las articulaciones.
Y sin embargo un concepto, para darse, debe responder por fuerza a una imagen original, a una idea-forma, a un brote. El concepto volvería a ser, por tanto, un cierto impulso. El esqueleto de un gesto sostendría, desde dentro, el ligero ataúd moral de esa abstracción que se ignoraba habitada por un germen de movimiento. Dicho concepto era, incluso antes de devenir idea, una íntima raicilla de acción, un prospecto de sacrificio. La mínima fuerza que lo animaba le impedía desarrollarse sin embargo, excepto saltando la etapa de su física frágil, no pudiendo romper aún la crisálida formal. Es posible descender hasta los átomos de este sistema de inclusiones, o bien ascender por esta misma escala hasta el umbral de la divinidad.
III
El olor de las rosas, percibido el tiempo suficiente, se descubre al cabo como la máscara de un hedor. La luz que choca nuestra vista disimula la noche permanente que nos rodea. He aquí el dualismo simultáneo en el que Pascal amaba incurrir. No se trataba para él de un dualismo sustancial, en el que espíritu y cuerpo dividían pacíficamente sus dominios, dejándole al sujeto rector el control absoluto de su sistema. El dualismo pascaliano se constituía como deuda de lo múltiple presente -espíritu y cuerpo unidos, fundidos- respecto de un Uno coexistente con aquél aunque inaprensible. ¿Cuál era el centro en el exergo de este universo a la vez parcial y dual?; ¿qué carencia exhibía esta duplicidad, inclinada sobre un abismo infinitamente incompleto? Inhallable como una huella en la playa asediada de la materia, la idea de un centro que participara de incontables circunferencias era la consecuencia natural de este dualismo trans-lógico, anti-metafísico, en el que un concierto de presencia y existencia se contraponía a un vacío escatológico transportado por el nombre sintético de Dios. El centro era, entonces, más bien la fe, el movimiento de asíntota ejecutado por esos dos universos postulados aunque irreales sin esa fe; y ésta los reunía a ambos como hipótesis de una acción sacrificial, de una gimnasia primordial, de un límite propuesto por un concepto-acción. La fe, ese centro de todas las circunferencias, esa acción-concepto que autorizaba todas las acciones desde el borde pronunciable de la ausencia de Dios, equilibraba la moral con la índole metamórfica de este todo sin nombre que habitamos.
Para Descartes, ser era pensar; para Pascal, pensar era no ser. Tener fe era, a lo sumo, lanzar la hipótesis de un ser-acción-sacrificio. La fe, invitada que provenía de un sitio incognoscible, era la moradora central de esta circunferencia vacía que cada uno de nosotros es, y a la que sólo la acción sacrificial que aquella gobernaba, podía arrancarle cada tanto, desde su núcleo oscuro, algunas notas lejanas y armoniosas. “Quia sum non scio, et ergo credo”.