Hace poco fui con mi hijo mayor a cenar a Los vascos en la Estación de Servicio YPF, en la entrada norte de Trelew. Luego de elegir uno de los platos del Menú ejecutivo al volante y con la excelente atención de Alfredo, me percaté que en la televisión repetían el ciclo de Olmedo y justo estaba su festejada invención del manosanta con la nena (Adriana Brodsky) y Javier Portales.
Ya lo dijimos en otra nota pero lo que era parodia en los 80, ahora, lamentablemente, es realidad. Lo que era motivo de risa y de burla, un manosanta totalmente chanta, parlanchín y lascivo, ahora resultan ser una voz autorizada para la “sanación espiritual” y la “autoayuda del alma”. Tuve la penosa experiencia de ir a una “sesión” con una de estas manosantas de nombre angelical (se debe llamar Marta o Norma o Laura o Josefina) y además de ver cómo ochenta pesos se escondían rápidamente en las palmas apretadas de esta señora (el mismo gesto lo hacía Olmedo pero con esa risa sarcástica tan característica de él), pude comprobar in situ, cómo funciona el discurso “sanador”.
Hace poco, también, leí en twitter una frase de Wittgenstein: “los límites de tu lenguaje son los límites de tu mundo”; y me parece pertinente para el tema en cuestión: el mundo de esta señora desangelada es bien pequeño porque su lenguaje, su discurso, es muy pobre en recursos. Sus ojitos volaban de un lado para otro tratando de que yo mordiera algún anzuelo de los muchos tirados por ella como temas generales: pesar, tristeza, desamor, venganza, dolor, etc. Ninguno tenía que ver conmigo y entonces me dice que ella tiene un don (el de la palabra, por lo escuchado, no) y es que ve, “ve” más allá de lo que es uno, como si pudiera vislumbrar un aura (no entraba luz por la ventana sobre mi espalda). ¿Qué es lo que puede ver que nosotros, pálidos mortales, no podemos ver? La respuesta es muy sencilla: nada. No ve nada de nada. Por más que invoque, con una imaginación paupérrima y tosca, vidas pasadas, reencarnaciones patéticas.
Su don es trabajar con información previa del “paciente” o víctima a secas (algo que le haya comentado quien le aconsejó una “entrevista”) o, sino, ver qué tema general puede interesarle al embaucado o embaucada de turno. Los límites del lenguaje y del análisis de estos personajes (que no vacilan en colocarse entre los médicos y los psicólogos) son tan precisos en su precariedad que no podemos imaginar sino un mundo muy pequeño pleno de ignorancia.
La gente que acude a estos manosantas y toma sus “consejos” como verdades quizás quieran el atajo de las respuestas fáciles, no el de las preguntas que conmueven las existencias, las situaciones, las conciencias. Será un signo de estos tiempos mediáticos, quizás. No lo sé. Lo cierto es que mis ochenta pesos desaparecieron con una velocidad considerable. Me queda la venganza de haberle contado esta anécdota a mi hijo y de reírnos del absurdo y de la estafa. Y el mondongo y el fresco con batata de El vasco, un lujo. Mientras, Olmedo, con su peluca y su manta roja mira directo a la cámara y remata: “si no me tienen fe”.