Una definición del rock es posible, y se me ocurre lo siguiente: el rock es un torrente fundamentalmente rítmico (más que melódico o armónico), que procura acentuar la condición simétrica del cuerpo; de ahí que su cadencia rítmica sea par y no ternaria. Pero además, a ese torrente lo reviste un sonido electrónicamente producido. Formalmente, el rock responde a una combinación estrófica fundada en dos episodios que alternan y que pueden ser designados como partes A y B. Estos episodios o momentos formales deben recurrir al menos una vez en el interior de la canción. De este modo, la paridad que gobierna su base rítmica y, por otra parte, la paridad que gobierna su extensión formal, refuerzan una dependencia mutua que hace de las piezas que pertenecen a este género, una expresión directa del cuerpo simétrico (natural) pero también de un espíritu -o de una memoria- que busca ser simétrica también (tras el primer episodio se introduce un segundo episodio, retornando siempre al primero, luego nuevamente al segundo, etc. Este procedimiento admite desde luego alguna que otra variación, e incluso alguna sofisticación, pero nunca excesiva so riesgo de desfigurarse el perfil fundamental de la expresión buscada). Esta doble paridad (corporal y mnemónica) resulta reforzada por una percusión obsesiva cuya función consiste en impedir que aquel sistema de paridades se debilite. Importa añadir que el contenido, o el sentido, de las letras, remite primordialmente a experiencias de la etapa formativa de un sujeto joven y urbano -de allí las euforias y las angustias, las reclamaciones, los enigmas, los rechazos, las alusiones casi programáticas al destino más que a la historia, al mito de la juventud más que a la lógica de su inclusión ordenada en el contexto social. Además de lo dicho, los factores melódico y armónico, que aparecen ligados necesariamente a la estructura estrófica, no deben sofisticarse hasta el punto de conspirar contra la eficacia rítmica que sustenta este tipo de expresión. Desde luego que el “tempo” de la pieza (la velocidad de sus pulsaciones) será un elemento a considerar como criterio a seguir en caso de que una sofisticación mayor de la línea melódica e incluso, paralelamente, del contenido armónico, sea necesaria. Un tempo veloz, por ejemplo, exigirá melodías y armonías tan elementales como la paridad básica del ritmo; pero un tempo más moderado permitirá en cambio la sofisticación eventual de dichos complementos.
Existe un aspecto sociológico, que proporciona contornos todavía más precisos a la definición ensayada. El lugar de producción del rock (no digo de su composición, que ha de conocer, como todo origen, una cierta privacidad; aunque es frecuente en este género la composición colaborativa), es también urbano, es masivo, y está destinado menos a una edad biológica que a un imaginario: me refiero al imaginario de la juventud. Ciertas producciones de rock se ofrecen, por el contenido de sus canciones -y también por quienes intervienen en su producción pública-, a franjas de edad definidas (pre-adolescentes; adolescentes; etc.). Pero el rock en general, en tanto género abierto a la experiencia urbana, tiene por destinatario a todo aquel que participe del imaginario de la juventud.
Otro elemento más, que colabora con el perfil de este género musical, es su urgencia mítica. Hay una cierta tiranía que se vincula de modo perentorio con este tipo de manifestaciones -quizás por la elementalidad misma de sus componentes formales, tan directamente radicados en el cuerpo simétrico y en la memoria recurrente: se trata de la obligación de verdad que el imaginario de la juventud exige. En este sentido, el rock no se escucha sino que se vive; la atención que este género demanda suele comprometer zonas de la experiencia, de la existencia, que otros géneros no necesariamente invocan. El rock se ofrece como la “parte de una de religión” en la que el dios ha descendido y asumido el aspecto de un cuarteto sagrado (ya los egipcios, pero también los bacabes del Yucatán, habían concebido formas cuatripartitas de la divinidad -si bien no nos consta que se le atribuyese a cada una un dominio específico sobre algún instrumento); luego, la distancia entre este dios así partido y la masa agitada de sus adoradores, suele ser deliberadamente lábil. De hecho, el dios fragmentado juega a que esa distancia podría disolverse en cualquier momento; e incluso no faltan las ocasiones en las que una de sus formas -la central, la cantante- se arroja a sus prosélitos, confiado en su transportación y en su posterior devolución al altar, a la escena. (Más prudente, el catolicismo que la misa expresa, ha conservado la dureza de la distancia entre un Dios sólo simbólicamente presente y unos adoradores que, si bien presentes, sabían guardar de todos modos sus posiciones). El carácter a la vez religioso y profano del rock hace de este género una experiencia difícilmente resistible. El rock proporciona el valor simbólico, ausente, de la exaltación espiritual, pero asegura también la presencia física del objeto de la adoración. La letra de sus misas desaforadas se pronuncia en las lenguas vulgares, y suele ser venerada como un documento sacro aun si la referencia puntual que ella contiene habita no el lejano, abstracto mundo suprasensible sino el territorio de las experiencias urbanas, accesibles a la gran mayoría.
Como en una ponderación alquímica de elementos, el rock se ablanda hacia el pop cuando a la expresión se le sustrae énfasis físico y se le suma distancia lírica, contemplativa; el rock se endurece hacia el metal cuando los componentes físicos y denunciatorios se acentúan, ocasionando en cada caso que los elementos formales puedan aspirar o bien a una mayor sofisticación armónica, o bien a una vertiginosidad melódica superior. El privilegio del rock, cuando se presenta no inclinado ni hacia la contemplación ni hacia la intransigencia, consiste en que su liturgia profana oficia como puente de encuentro de las actuales mayorías que se reconocen en aquel imaginario de la juventud. El pop desea, o promete, demasiado; el metal demanda, o dice actuar, demasiado; en un “in between” paradójicamente “demasiado” habitable, el rock proyecta hoy las virtudes (y los defectos) de esa gran masa de personas que quieren conservar los dos costados ambivalentes de una posición progresiva (la organización de la vida según la doble paridad físico-espiritual que, como vimos, servía para caracterizar los aspectos de su forma): avanzar con el espíritu hasta los bordes prestigiosos de la protesta; pero permanecer siempre de este lado de toda acción, en el refugio cada vez más estetizado de los sonidos envolventes. Si esa gente, por azar, llegara a aventurase al gran estadio o al teatro a fin de producir ese contacto también indecidible o intermedio con su divinidad, no lo hará sino para traducir la antigua voluntad de cambio -que habitó durante algunos decenios a sus impulsores- en adoración medida, en un ejercicio de transferencia en el que la intensidad estética ha venido a suplantar las urgencias políticas que antes se vinculaban con el horizonte de alguna acción posible, concreta. El mismo metal sería, según esta lógica (salvo que me equivoque demasiado), el relevo enfático del espacio de acción que el rock transfirió hoy a los livings de la pequeña burguesía citadina.
No hablo de la muerte de un género, por tanto; hablo tan sólo de los avatares políticos, sociológicos, de una estética que continúa viva bajo otras formas, es decir entregada al devenir imprevisto que consignas de muy diversa naturaleza le hacen hoy transitar.