Eduardo Berti, un gran promotor del microrrelato en nuestro país, es el traductor de los doscientos setenta cuentos que integran este volumen, donde parecen multiplicarse los temas y abordajes. Desde el humor negro, la ironía macabra, la inteligencia absurda, leer los Cuentos Glaciales de Jacques Sternberg produce ese efecto tan buscado en el cuento breve (que muy pocos alcanzan), y que podría describirse como una mueca o un gesto no intencional, comparable al que nos provoca un pinchazo en la planta del pie descalzo.
La ciencia ficción o la ficción imaginativa, no como géneros sino como un barniz o un filtro de color, proponen un ámbito para la crítica profunda a las convenciones culturales. Pero cuando aparecen marcianos, o enormes insectos de otro mundo, o máquinas y autómatas descomunales, no se trata de otra cosa que de espejos glaciales que nos ponen de cara al absurdo de la vida, la muerte, el trabajo y la supervivencia.
Más allá de las lecturas moralistas, que habrá tantas como lectores, lo que no falla es el método, el efecto que consigue el autor con cada una de las doscientas setenta estocadas. Aguijonea en la médula con precisión quirúrgica y, tomando palabras de Ana María Shua “el placer breve y preciso que provocan sus historias incluye el cinismo de quien tiene una ética demasiado exigente para la raza humana”.
Existen incluso argumentos etimológicos para afirmar que toda fórmula es una representación pequeña de las reglas. En Sternberg, la forma breve también implica una fórmula. Cada uno de sus cuentos, algunos de los cuales se reducen apenas a un puñado de palabras, es concebido por un mismo método, pero es a la vez una fórmula porque importa un mundo con sus propias reglas, y también es la expresión de un sistema de relaciones que lo desborda.
Creo que estoy asistiendo precisamente a ese desborde cuando lo leo con los ojos que leen a Kafka, a Bradbury, a Cortázar, encontrando en cada uno de esos mundos una arquitectura implacable a la vez que un poderoso sentido del absurdo.