El fagotista que se arroba en la nota
solitaria, tenida
que el concierto le permite tocar,
es feliz.
El solista, al piano, asiente satisfecho,
pues ya mismo se lanza a sus tiradas magníficas,
tranquilo y a la vez profundo,
constatando ese orden
que él confirma desde su rosa de luz
en el jardín oscuro de la sala,
y es feliz.
En la plenitud magistral de su comunidad,
el director se hace sonido
-ese otro huerto que planea invisible-,
sabiendo que su rostro
obra en el centro mismo de su don corporal
por un Estado en el que cada parte
se entregue con unción a la Verdad
por una vez,
y es feliz.
Yo mismo, cuando dejo el teatro
rumbo a la abierta noche, redolente
de las heridas felices,
me considero una modesta parte en el proceso
de esa intensidad dejada ya
aunque fértil y presente
pues viva aun en la empatía del aire,
y soy feliz.
Dios, que nos observa abscóndito,
y que descuida el rito de los gestos, del arrobo, del asentimiento o de la gracia,
sabe que en su Gran Teatro
no existe la felicidad.
De seguro nos estima hojas cadentes que retornan
con despreciable diferencia;
fragilidades mínimas, vibraciones inconsútiles que nuestra limitación hace continuas.
Nos ve aquí abajo, aquí en el medio, aquí arriba,
como la contraparte bulliciosa
de la quietud que Su mano silenciosa gobierna;
o nos piensa como el envés fugaz, emotivo, de un Ilustre Cero,
anulaciones en ejercicio de temblor,
animales conscientes, inocentes o sucios,
en todo caso salvos por economía de luces,
que Su orquestal omnipotencia postula con desprendimiento
para una obra sin bordes, sin excesos.
¿Pero a qué otra noche abierta sale Dios, entonces,
cuando en su oído hurga los rastros del placer,
o pide las mudeces eternas, construidas
en las entrañas del instante,
heridas negativas que su absolución confiere
y que aquí llueven como música o felicidad?