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Viernes
24
Mayo
2013
Divertimento 613
26.6.2012
El fagotista que se arroba en la notasolitaria, tenidaque el concierto le permite tocar,es feliz.
El fagotista que se arroba en la nota

solitaria, tenida

que el concierto le permite tocar,

es feliz.

El solista, al piano, asiente satisfecho,

pues ya mismo se lanza a sus tiradas magníficas,

tranquilo y a la vez profundo,

constatando ese orden

que él confirma desde su rosa de luz

en el jardín oscuro de la sala,

y es feliz.

En la plenitud magistral de su comunidad,

el director se hace sonido

-ese otro huerto que planea invisible-,

sabiendo que su rostro

obra en el centro mismo de su don corporal

por un Estado en el que cada parte

se entregue con unción a la Verdad

por una vez,

y es feliz.

Yo mismo, cuando dejo el teatro

rumbo a la abierta noche, redolente

de las heridas felices,

me considero una modesta parte en el proceso

de esa intensidad dejada ya

aunque fértil y presente

pues viva aun en la empatía del aire,

y soy feliz.

 

Dios, que nos observa abscóndito,

y que descuida el rito de los gestos, del arrobo, del asentimiento o de la gracia,

sabe que en su Gran Teatro

no existe la felicidad.

De seguro nos estima hojas cadentes que retornan

con despreciable diferencia;

fragilidades mínimas, vibraciones inconsútiles que nuestra limitación hace continuas.

Nos ve aquí abajo, aquí en el medio, aquí arriba,

como la contraparte bulliciosa

de la quietud que Su mano silenciosa gobierna;

o nos piensa como el envés fugaz, emotivo, de un Ilustre Cero,

anulaciones en ejercicio de temblor,

animales conscientes, inocentes o sucios,

en todo caso salvos por economía de luces,

que Su orquestal omnipotencia postula con desprendimiento

para una obra sin bordes, sin excesos.

 

¿Pero a qué otra noche abierta sale Dios, entonces,

cuando en su oído hurga los rastros del placer,

o pide las mudeces eternas, construidas

en las entrañas del instante,

heridas negativas que su absolución confiere

y que aquí llueven como música o felicidad?

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