Holas y adioses que se juntan y se enredan
20.6.2012
Los camino se van abriendo, y uno debe empezar, de a poco y sin apuro, a soltarse y manejarse bajo sus ideas, planes y sentimientos.
Soles que se van, soles que se encuentran. El refinado aire que llena nuestros pulmones y nos permite realizar esta alegría que es vivir. Y la vida, que nos baila y nos juguetea en el tiempo, va pasando, y va volando. Cambian las voces que nos rodean, y cambia uno. De esa hermosa y entrañable inocencia de nuestra niñez nos vamos formando y adecuando a los problemas. De esa risa prolongada, sencilla y contagiosa, solo pocos logran mantenerla intacta. Y el cambio, el nuevo aire, el nuevo cielo, también lleva consigo un nuevo mundo que explorar. Las ventanas de nuestros sueños se abren, las fronteras se amplían y las ideas se renuevan. Uno, a veces, tampoco se da cuenta de la dimensión que tiene y va cobrando la vida a medida que pasa el tiempo. Esa maravillosa inocencia es reemplazada por una fantástica intriga. Unas increíbles ganas de vivir y explorar y explorarse uno mismo, ya que uno nunca termina de descubrirse. Somos lo que vamos construyendo cada momento de nuestro pestañeo, de nuestro sentir, y por ende somos, cada instante, diferentes. Con cada abrir y cerrar de ojos nos vamos aclarando y oscureciendo, madurando y desmadurando, creciendo y achicándonos. Somos lo que somos, y lo que no somos también. Así, lo que no logramos nos hace ser, y en cada una de nuestras imperfecciones nos descubrimos y va cobrando sentido, de alguna forma, esta ironía que es la vida. Nos encontramos nuevamente caminando por acá y por allá, sin tener idea de qué estamos haciendo, de qué juego estamos jugando. Pero lo jugamos sin chistar, porque acá estamos y esto es, pareciera, lo que nos tocó. Somos libres de conciencia y, a veces, de actos. Somos lo que dormimos y lo que soñamos, lo que despertamos y lo que caminamos. Somos. Simplemente: somos. En el contexto de la nada, reímos y lloramos, y volvemos a reír. Los camino se van abriendo, y uno debe empezar, de a poco y sin apuro, a soltarse y manejarse bajo sus ideas, planes y sentimientos. Debemos dar gracias a la vida misma de esas manos que nos llevaron, nos empujaron y, con todo su empeño, dejaron su alma para no dejarnos caer, y para que nuestros soles fueran más que nuestras lunas. Es gracias a ellos que podemos ir aceptando y cargando solitos los pesos de un camino bello, sin dudas, pero también duro. Y uno, con pequeños actos y pinceladas de coraje y valores, se va ganando la confianza de uno mismo, se va afianzando en su intrigante ida y vuelta, y va dejando los sueños para convertirlos, de pronto, en pequeñas huellas en el sendero de la memoria.
|
Compartir esta nota:
|