Éramos, decía Olmedo, ¿recuerdan?, para exculparse de alguna felonía en las ansias de la sobrevivencia. Por facebook anda dando vuelta (¿qué no da vuelta por las redes sociales?) un póster (¡hasta el póster ha regresado!) donde se enuncia que cuando se mira a Tinelli, un libro (o varios) se suicidan, se tiran de lo más alto del estante de la empobrecida biblioteca. No sé si será para tanto, o si eso ocurre (se puede leer el libro antes o después de Tinelli sin que se suicide). Pero, el problema no reside si se ve o no Tinelli; la cuestión pasa por el tipo de relación que ese programa (y otros) nos plantean respecto a la denominada realidad. Para decirlo de una vez: esa sobredosis de tv nos hace crédulos, nos introduce en un relato ficticio, nos hace personajes. Y actuamos, actuamos en una irrealidad liviana, frívola, profundamente ignorante (y acá sí el libro se suicida, pero, cabe preguntarse qué libro porque los mediáticos son los que más editan ¡libros!).
Nos hace creer que pertenecemos a un mundo donde todo puede acontecer. Somos ficción de nuestra enajenación; así, Tinelli, Rial, etc. es gente familiar, cercana a nosotros (contenido de charla diaria entre matrimonios aletargados que no saben qué hablar).
Y lo que a algunos les parece un burdo cuento, una estafa, una mediocridad imaginativa, para otros (para muchos, muchos, muchos) es parte constitutiva de sus realidades. Marce (Tinelli) les da “data” para sus relatos diarios; Rial, es como el tío piola o boludo con su niña Loly. Y el relato pastiche (patético) de Claudio María Dominguez, les suena a verdad revelada. ¿Cómo podemos creer que un gordo ladri como el Maestro Amor puede hacer algo honesto? Ni sabe hablar, nada de retórica, torpe y poco inteligente en su mímesis (si se callara, como dice la frase, parecería menos idiota). Regurgita un huevo made in china y los fieles se la creen, creen que es verdad (y el mago sin diente que no pega laburo). Y así estamos, culturalmente fregados, empobrecidos y en progresión. No sé si los libros se suicidan: las bibliotecas cambiaron de temas: ya no está “La interpretación de los sueños” de Freud en su edición popular, para kioscos, sino el Sueño chotito y chatito de Claudio María Domínguez. Del diálogo psicoanalítico al monólogo de la autoayuda. Y del psiquiatra y los psicólogos a los maestros y guías espirituales (que no tienen ni la secundaria completa aunque sí doctorados en la denominada y ponderada “universidad de la calle”). ¿Para qué estudiar si la gente se traga cualquier sapo? ¿Para qué leer libros si no hacen falta para ser exitosos o acumular dinero y poder?
De nuevo: lo que en Olmedo era risotada, parodia cruda y directa sobre los chantas espirituales, ahora es algo “serio”, hasta “grave”, “profundo”, “espiritual”. Y lo que era carcajada, broma, comedia decididamente diferenciada del día real, ahora ocupó toda la escena, quizás por la desmedida amplificación mediática: yo no tengo televisión pero sé que Tinelli se calzó guantes con Maravilla Martínez (las páginas web de los diarios metropolitanos no dejan de irradiarlo).
Igualmente, y para finalizar esta primera parte (luego pasaremos a experiencias “reales” en nuestros propios pueblos o cómo ese relato mediático se hace carne en manosantas locales y, lo más triste de todo, en personas, vecinos, amigos, compañeros, etc.), yo me sacaría una foto en el banco donde las estatuas de Borges y Álvarez de Olmedo y Portales se ríen cómplices, en la calle Corrientes y Uruguay en Buenos Aires. ¿Se imaginan un banco con Tinelli y Listorti o Íudica y Rial? Sospecho que la cultura popular decanta lo que es intrínseco de lo que es fraude mediático.
Continuará.