Para Eduardo Ge/Táboas, una valedicción.
26.5.2012
¿Qué quería, o qué buscaba, Eduardo? Básicamente, y si no comprendí mal sus apasionamientos verbales, él trataba de desenmascarar la hipocresía del mundo.
Como a muchos, la muerte de Ge/Táboas me tomó por sorpresa. Nada sabía de su síndrome cerebral, que nos lo arrebató. Tuve con él, hasta hace pocos meses, unos cuantos encuentros. Conservo un conjunto importante de copias de sus fotografías, que él me dio con la esperanza de que pudiésemos trabajar juntos, un día no lejano, sobre un proyecto común. (Mi misión consistía, en principio, en pensar alguna cosa a partir de esas imágenes; alguna idea que pudiese expresar el lazo ideológico total que las unía. Pero esa parte del contrapunto deberá caer ahora, innecesaria; deberemos quedarnos tan sólo con la melodía dada, la suya; es decir con lo que importa, con su impronta).
Nos distanciaban un poco mi pereza en asociarme, en general, a los humanos, más algunos puntos de vista divergentes sobre las teorías y la función del arte. Nos unían, en cambio, un respeto y un afecto mutuos que trascendían esas diferencias menores. Lamento ahora no haber atendido como debía a sus reclamos, a la fuerza de su voluntad de proyectar; a dejarme invadir por el camino desconocido que Eduardo me proponía (no soy, como él, aventurero; no soy artista, y los riesgos me frenan).
En el Touring varias veces nos juntamos espontáneamente a conversar, entre otras cosas sobre Deleuze. A Eduardo le fascinaban los razonamientos de este filósofo. No sé si era yo el mejor embajador de semejante autor, pero él apreciaba que le hiciese devoluciones deleuzianas de muchas de sus fotografías. Esto era a un tiempo verdadero (y divertido), en cuanto a mí; estimulante, por lo que podía colegir en las intensidades cambiantes de su rostro, en cuanto a él (y su rostro era por sí solo todo un clima).
¿Qué quería, o qué buscaba, Eduardo? Básicamente, y si no comprendí mal sus apasionamientos verbales, él trataba de desenmascarar la hipocresía del mundo. De allí Deleuze, entonces, y sus tintes de anarquismo, no ajenos del todo al movedizo espíritu de este trelewense adoptivo: pues aventurarse por caminos que no se parecen a los tomados por ningún otro, tiene como consecuencias, además del aislamiento, la vocación de totalidad (ese Uno de Deleuze), y también una pasión que se no se deja convencer por el impromptu y que se organiza, en cambio, como el proyecto de una desconfianza generalizada que sólo sabe dosificarse en estudios minuciosos y abocados al detalle -como los que él solía realizar (la interminable tarea de investigar la Multiplicidad, propia también de aquel filósofo). El medio con el que Eduardo contaba para llevar esto a cabo era (se diría, paradójicamente) la fotografía, es decir el arte por antonomasia de las superficies, de las cubiertas visuales del mundo, de sus cortezas lumínicas. Pero jamás la imagen cruda, nunca la cámara como mediación ingenua entre una escena más o menos natural y arrebatada al instante -según esa estética de la composición repentina que parece colectar aureolas y a la que Eduardo se negaba por principio. El fotógrafo, para Eduardo, no era el “broker” inspirado entre un momento singular -un hallazgo entre natural y oportunista- y un público a ser azorado por tal descubrimiento. A él le interesaba introducir su presencia constructiva en el interior de los procesos de imagen, distorsionando el completo conjunto de los elementos que allí interviniesen -las formas, las luces, los matices de sombreado, las proporciones, los mismos hechos registrados-, uniéndolo todo en eso que él llamó “negatomontaje”, y además en función de una idea intensa y central: siempre subordinar a las exigencias del pensamiento el material reunido. Tal idea, que entre otras cosas tenía el efecto de ahondar las distancias entre creador y espectador (pero sólo para que este último se dispusiera a pensar, no para ahuyentarlo), debía respetar dos aspectos ideológicos para él esenciales (yo solía decirle, “pascalianos”): por un lado, la miseria objetiva, histórica, del hombre; por otro, sus insospechadas e intermitentes glorias (pero hablamos, cuando de Táboas se trata, de un hombre siempre universal, jamás “localizado”, nunca puesto al amparo de una raza, de un color, de una cultura afectada por lo particular; cabos sueltos, para él, de lo “ideológicamente manipulable”).
Hasta donde yo puedo juzgar, Eduardo fue uno de los más honestos trabajadores del pensamiento en Trelew. Las condiciones de la luz, el medio empecinadamente bitonal (blanco y negro) al que había condescendido por programa (por fidelidad a ese camino artístico del que ya no parecía querer volver), no menguaban las intensidades de su reflexión. Al contrario, este pensador de los ambientes -de sus posibilidades formales para transmitir en el continuo de sus fotogramas cerrados (su cine de imágenes detenidas, se diría) el panorama de la decrepitud del ser- parecía potenciar con dicho medio los alcances de sus dilucidaciones. No “se expresaba” Eduardo, entonces, por medio de la fotografía; él hacía que la fotografía, fruta agridulce que exprimía con mano sólida, dejara estudiadamente hasta sus últimos jugos sobre el papel de revelado. En este sentido, no estaría mal hablar de un cierto constructivismo suyo, o incluso de un cierto “situacionismo”, heredero de las ideologías de lo anti-espectacular que explotaron en aquel 68 francés que tanto le gustaba evocar, cuyas consignas lo conmovían aun y que sin duda remitirían algunos sesgos de sus trabajos a la figura de Guy Debord.
Haber perdido a Eduardo no es solamente haberle dado lugar a más desamparo a esta zona nuestra que ya intima demasiado con lo inhóspito; ante todo, es haber resignado, sin poder impedirlo, un fragmento de honestidad ambulante, insustituible, que solía obstinarse a pie, por la ciudad, en el soporte de un cuerpo que molestias no exorables -y para mí desconocidas- al parecer lo aquejaban.
La posesión de esa cantidad de fotografías copiadas, que Eduardo me entregó, me obliga hoy a prometerme la felicidad de este deber: dar cuenta, alguna vez, de esa parte de su legado -prominente, críticamente demoledor- que llegué a conocer. Haré ello en cuanto el tiempo despeje de mi entorno las interrupciones del trabajo académico, menos felices y que constituyen un obstáculo para lo que más me importa. Diré entonces, si puedo, en qué iba a consistir nuestra mutua colaboración; el sentido global de ese libro proyectado, dotado de sus fotos y de unos modestos comentarios míos, probablemente prescindibles.
Eduardo era un ser humano de cualidades morales cuya propensión hacia una sanidad fundamental (no hacia esa bonhomía meramente exterior, plausible pero falta de consecuencias; esa simpleza de modos que le permiten a quien la porta recibir el epíteto perifrástico de “pan de Dios”), lo convertían en una excepción en nuestro pequeño medio. Porque si bien es cierto que gente buena, gente bien pensante, existe más o menos por todos lados, no es menos cierto que los infatigables del Bien medular, desatentos a los modales porque debidamente concentrados en la destrucción meticulosa de la hipocresía del mundo -en la denunciación del mal moral que nos aqueja-, de esos hay, en cambio, muy pero muy pocos.
No es que Eduardo, por otra parte, hubiese renunciado a la estética de las fotos “bellas” en primera instancia, esas que parecen provenir, como una Venus Anadiomena, de las espumas del mar -es decir de los bordes vivos, fenoménicos, de la misma Naturaleza, y que un sensible oportunista, adicto al click, tendría la misión trivial de registrar. El artista sumido en su trabajo sabe bien que la belleza no consiste en un efecto que otros aplaudirán, sino en un proceso que solamente dicho artista experimenta y sobre el que todo espectador trabajará, por su lado, si desea acaso descubrir allí algo que le permita asomarse a lo experimentado por su creador. Sabe también que esa belleza tiene lugar en el curso de un camino que él deberá recorrer completamente solo. Eduardo conocía bien el heroísmo anónimo de dicha vía, más todo lo que ese viaje absorto implicaba. Pero la muerte, casi siempre inoportuna, vino una vez más a interrumpir eso que, de seguro, hubiese tocado verazmente, en algún momento, el fondo de su límite. Nosotros, de este lado de la alquimia, hubiésemos podido contemplar entonces lo que puede la magia del trabajo cuando su autor se hunde en los misterios de los objetos plurales e híbridos por los que opta a su cuenta y riesgo -y sobre todo cuando el artista, en particular uno como él, ya no distingue, venturosamente, entre técnica y verdad.
Me despido de vos, Eduardo, y ojalá estés aun al acecho, en algún sitio no aspaventosamente metafísico, sino a la vuelta de cualquier esquina esquiva, de esas ochavas imposibles en Trelew pero que tanto te gustaban. Ojalá nos sobresaltes para nuestro asombro, en cualquier momento, un día impensado de estos. No necesariamente para tomarnos una foto (¡cómo detestabas esta condescendencia, este rito que las familias requieren pero que el arte debía, según vos, repeler desde sus mismas entrañas!); sino para obligarnos, como el fantasma hamletiano destinado a un ayuno de fuegos, a no ser nunca menos de lo que ya somos; a ser en todo caso mejores, cobrando desde el arte, o desde cualquier práctica honestamente ejercida, venganza contra nuestras peores partes. Porque tu presencia, tal como pude sentirla, constituía una intimación a trabajar sobre nosotros mismos, hasta el detalle, esas verdades impostergables que te inquietaban y que tus negatomontajes se dedicaban a ilustrar; ella se necesita como nunca, imprescindible en este mundo que se deshace. Jamás visité tu taller (que era también la calle, donde sí te vi capturar imágenes de las más extravagantes cosas), pero ahora mismo reveo tus trabajos y observo, con estupefacta envidia, el despunte de una felicidad que sin esfuerzo alguno se impone al que los contempla; una felicidad compleja en su naturaleza, aunque también plena y simple como la sencillez de tu risa traviesa, chiquilina.
Salud, queridísimo Eduardo, y hasta más tarde, hasta luego, hasta siempre.
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