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Sábado
18
Mayo
2013
24 horas por 24 autores: 9 de la mañana, Walter García Moreno
21.5.2012
La vida está hecha de rutinas, todos las tenemos, necesitamos de ellas, nos ordenan el día, la semana, van construyendo el transcurrir por el mundo.
La vida está hecha de rutinas, todos las tenemos, necesitamos de ellas, nos ordenan el día, la semana, van construyendo el transcurrir por el mundo.

Mi rutina, cuando estoy metido en algún proyecto literario, comienza temprano, de pijamas, con un té con leche y tostadas al lado de la computadora.  La ceremonia pasa por ojear el diario Jornada y  después contestar los mails recibidos. Otras veces arranco el día con el libro que dejé en la mesa de luz la noche anterior. Me gusta arrancar leyendo una novela antes de ponerme a escribir.

El escritorio está orientado de manera tal que las ventanas, el mundo exterior, rodean la pantalla, por ahí entra el sol, un poco de verde.  A esta hora veo pasar a mi perro, desperezándose al abandonar el galponcito donde duerme de noche. En un rato estará rascando la puerta para entrar.

Pero el día de escritura empieza a las nueve. A esa hora me preparo un café, un vaso lleno de soda y me siento a escribir hasta que mi cabeza me diga basta.

Habitualmente pongo música suave, algo que no pueda distraerme a la hora de escribir, clásica  puede ser,  pocas veces en idioma español, que perturba mi concentración.

El trabajo va tomando ritmo a medida que el café se consume y voy concentrándome más en la pantalla.

Primero me dejo llevar por la idea, dejo que fluyan las palabras. Después es tiempo de relectura y corrección, tarea siempre pesada para mí, aunque imprescindible para el texto.

Me voy bebiendo la soda de a tragos pequeños; son como puntos y apartes del texto, momentos de extrañamiento para mirarlo con cierta objetividad.

Así transcurre esa primera hora, que marca el ritmo y también la extensión que cada día le dedico a la escritura.

 

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