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2013
César Vallejo: el poema como unidad autónoma
20.2.2012
El poema como unidad autónoma

El poema como unidad autónoma

 

César Vallejo nació en Santiago de Chuco (Perú) el 18 de marzo de 1892. Tras siete años de residencia en Trujillo donde estudió Filosofía y Letras, se estableció en Lima a finales de 1917. Allí apareció su primer libro "Los heraldos negros" (1918) y cuatro años después el polémico y revolucionario "Trilce" (1922, año clave para las vanguardias en Latinoamérica).

“Escala” (cuentos) y la novela “Fabla Salvaje” son de 1923 año de su partida definitiva hacia París, ciudad que sólo abandonaría para algunos viajes a  España y los tres realizados a Rusia. La literatura y la decidida actividad política en el Partido Comunista ocuparon todo su tiempo en la capital francesa en una situación permanente de austeridad y pobreza. Colaboró asiduamente con poemas y artículos periodísticos en diversos diarios y revistas de Lima, Buenos Aires, París y Madrid aunque no volvió a publicar libros de poesía. Su novela "El tugsteno" y sus crónicas de viajes llamadas "Rusia" aparecen en 1931; pero "Poemas en prosa", "Poemas Humanos", y "España, aparta de mi ese cáliz", trabajos con los que se eleva a su madurez artística, no fueron editados hasta después de su muerte, ocurrida el 15 de abril de 1938.

El dolor humano (sentido de manera plural), el erotismo, la solidaridad, los recuerdos de infancia, la tierra americana, la muerte, el sentimiento religioso son algunos de los elementos permanentes de su obra. Según Mario Benedetti, “la importancia de Vallejo radica en que su lírica operó como un factor revulsivo, más como la incitación a una búsqueda que como una influencia literaria, a diferencia de Neruda que impregnó a una legión de cuasi imitadores”. Son reconocibles sus acólitos posteriores, pero en la originalidad de su voz, en sus hallazgos y básicamente en su actitud, se observa una relación nueva del poeta con la labor literaria. A pesar de haberse relacionado con los grandes nombres de esa época (Neruda, los surrealistas franceses, Maiakovsky, Picasso, Lorca) jamás perteneció a ningún movimiento estético. En su texto titulado “Contra el secreto profesional”, sostiene: “... no atender sino a las bellezas estrictamente poéticas, sin lógica, ni coherencia, ni razón. Como cuando Picasso pinta a un hombre, y por razones de armonía de líneas o de colores, en vez de hacerle una nariz, hace en su lugar una caja”. O cuando reclamó (a través de la prensa) a sus colegas de la vanguardia latinoamericana: “un timbre humano, un latido vital y sincero, al cual debe propender todo artista, a través de no importa que disciplinas, teorías o procesos creadores”.

Violentando las barreras formales y levantando su gran vocación comunicativa, Vallejo desarrolló el poema como una unidad autónoma que se autogestiona, capaz de sorprender con su belleza, con su audacia expresiva y relacionar a la vez sus componentes internos.

A pesar de los ataques de la crítica a sus primeras obras, César Vallejo conoció en vida el prestigio literario (aún cuando tres de sus libros fundamentales son póstumos) hoy es proclamado por unanimidad como uno de los poetas mayores del siglo XX, fundamental por su aporte a los nuevos e innumerables sitios que hoy reconoce el lenguaje y que él tuvo la audacia, el temperamento y la convicción de explorar.

 

LOS HERALDOS NEGROS

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Golpes como el odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma... Yo no sé!

 

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

 

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

 

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

 

PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA

 

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París -y no me corro-

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

 

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

 

César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;

le daban duro con un palo y duro

 

también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros;

la soledad, la lluvia, los caminos...

 

PARADO EN UNA PIEDRA

 

Parado en una piedra

desocupado,

astroso,

espeluznante,

a la orilla del Sena, va y viene.

Del río brota entonces la conciencia,

con pecíolo y rasguño de árbol ávido:

del río sube y baja la ciudad, hecha de lobos

abrazados.

 

El parado la ve yendo y viniendo,

monumental, llevando sus ayunos en la cabeza

cóncava,

en el pecho sus piojos purísimos

y abajo

su pequeño sonido, el de su pelvis,

callado entre dos grandes decisiones,

y abajo,

más abajo,

un papelito, un clavo, una cerilla...

 

¡Este es, trabajadores, aquél

que en la labor sudaba para afuera,

que suda hoy para adentro su secreción de sangre

rehusada!

Fundidor del cañón que sabe cuantas zarpas son

acero,

tejedor que conoce los hilos positivos de sus venas,

albañil de pirámides,

constructor de descensos por columnas

serenas, por fracasos triunfales,

parado individual entre treinta millones de parados,

andante en multitud,

¡qué salto el retratado en su talón

y que humo el de su boca ayuna, y como

su talle incide, canto a canto, en su herramienta

atroz, parada,

y que idea de dolorosa válvula en su pómulo!

 

También parado el hierro frente al horno,

paradas las semillas con sus sumisas síntesis al aire,

parados los petróleos conexos,

parada en sus auténticos apóstrofes la luz,

parados de crecer los laureles,

parada en un pie las aguas móviles

y hasta la tierra misma, parada de estupor ante este

paro,

¡qué salto el retratado en sus tendones!

¡Qué transmisión entablan sus cien pasos!

¡Cómo chilla el motor en su tobillo!

¡Cómo gruñe el reloj, paseándose impaciente a sus

espaldas!

¡Cómo oye deglutir a los patrones

el trago que le falta, camaradas,

y el pan que se equivoca de saliva!

Y oyéndolo, sintiéndolo, en plural, humanamente,

¡cómo clava el relámpago

su fuerza sin cabeza en su cabeza!

Y lo que hacen, abajo, entonces, ¡ay!

Más abajo, camaradas,

el papelucho, el clavo, la cerilla,

el pequeño sonido, el piojo padre!

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