Marta Mercedes Méndez apareció en la vida del Principal Ramírez en primavera. Lo primero que hizo sucumbir al Principal, fue el perfume de Marta. Lo segundo, esa forma de ondular el aire que tenía cada vez que caminaba. Lo tercero y lo demás, lo fue descubriendo en cada encuentro, cada mes, cada año.
Marta era enfermera. Durante las guardias tranquilas del hospital de Lago Puelo, le escribía a su hombre poemas de amor, que firmaba MMM. En la cartera tenía varias cintitas bebé que embebía en su perfume antes de atar el rollito de papel con el poema. “Así no se olvida de mí”, pensaba.
El Principal Ramírez primero olía el papel y después pasaba rápidamente la vista por el poema. No era de leer el Principal, pero no quería hacerle un desplante a esa dama que lo estaba volviendo cada vez más loco. Entonces hacía un paneo por las palabras, hasta llegar al final: MMM. Las tres M, combinadas con el perfume y el recuerdo ondulante de las caderas de Marta, acercaban al Principal cada vez más a la locura.
Es que el Principal Ramírez era de volverse loco. Por eso, cinco años después del primer cosquilleo, el hombre se deslumbró con el perfume de otra, por supuesto mucho menor que la enfermera y se fue con ella, dejando sembradas en MMM las semillas de un rencor y una desazón tan enormes que la llevaron a prometerse a sí misma no volver a enamorarse nunca más.
I
Las dos parejas viajan por la ruta patagónica, buscando lugares bellos para conocer, asombrarse y todo lo demás que se suele hacer cuando se sale de vacaciones. Llegan a un río, en donde suspiran por el increíble paisaje. Conversan acerca de cómo el ser humano modifica la naturaleza, los pros, los contras. Conversan acerca de las plantas y las piedritas. Caminan, se sacan fotos, se ríen. Luego de las típicas conductas turísticas, vuelven al lugar en donde dejaron el vehículo. Allí, ven cómo el ser humano no solo modifica el paisaje natural: también hace lo suyo con los objetos. Por ejemplo con los vidrios de la ventanilla trasera del automóvil que habían dejado estacionado. Otra modificación, es que donde antes estaba la cartera de Sonia, ya no hay nada.
Alguien se agarra la cabeza, culpándose; alguien se calla, masticando su enojo por la imprudencia; alguien empieza a limpiar los vidrios que estallaron sobre el asiento de atrás; alguien piensa en llamar al seguro; alguien revisa el contenido de una cartera que no conoce.
II
Sonia y Héctor militaron en los 70's. Es decir que vivieron el irse, volver, temer, las desapariciones de muchos de sus compañeros y compañeras, la censura y todo lo demás. Cuando Sonia y Héctor hablan de esas épocas, hacen pausas. Quien los escucha, llena los silencios con las supuestas imágenes que se instalan en ellos: barrotes, paredes pintadas, falcons verdes, malas noticias, exilios, situaciones vividas junto a otros y otras militantes. Dan ganas de acariciar los silencios, de alguna manera. Pero no se puede.
III
Desde que el Principal Ramírez rompió su corazón, se fue y todo lo demás, Marta Mercedes Méndez no pudo volver a usar ese perfume.
IV
Rumbo a la comisaría de Lago Puelo, Héctor seguía callado. Más tarde, yendo al lugar del hecho, custodiados por el móvil de la policía, Raquel trataba inútilmente de suavizar la situación haciendo chistes y comentando detalles del paisaje cordillerano, apreciaciones acerca de lo rico que había estado el almuerzo y todo lo demás. Sonia llamaba sin parar para dar de baja al celular y las tarjetas. Edgardo pensaba en voz alta cómo tapar la ventanilla para viajar sin el viento patagónico despeinándolos. Héctor seguía callado.
Los policías se bajaron y empezaron a sacar desde distintos ángulos, muchísimas fotos del auto damnificado y de los vidrios desparramados sobre la tierra. Raquel le sugirió a Sonia, que se peinara para la foto. Otro frustrado intento de apelar al humor para atenuar la tensión.
- Sargento Huenchupán, comuníquese con el grupo de agentes motorizados en cuatriciclos para que comience la búsqueda. - ordenó el Principal Ramírez.
Raquel miró con complicidad a Edgardo. Entre las fotos de los vidrios y el grupo Swat en cuatri, la historia había empezado a dar un giro algo bizarro y su novio, tan proclive a las ironías, ya había entrado en la frecuencia jocosa habitual de Raquel.
- Vayamos a la comisaría a labrar el acta. - sugirió el principal – Vamos a esperar a ver si el grupo de tierra encuentra el objeto sustraído. Sino, llamamos a los buzos para que rastreen el río.
Ahora, volviendo por la ruta rumbo a la comisaría, eran cuatro quienes se reían a las carcajadas al imaginar a los buzos tácticos convocados por el Sargento Huenchupán, siguiendo las directivas del Principal Ramírez. Los buzos se bajarían de los dos únicos cuatriciclos de los que disponía la comisaría, se pondrían los trajes de neoprene, los esnorquel y hasta llevarían un patito de plástico para no aburrirse mientras rastrearan el río en busca de la cartera sustraída por los cacos.
V
Edgardo, dueño del auto damnificado y Sonia, dueña de la cartera robada, entraron a la comisaría para labrar el acta. Héctor y Raquel decidieron esperarlos fuera del auto, al solcito.
- ¿Cómo fue que se mudaron tan al sur del sur ustedes? - preguntó Raquel – Bah, si querés contar, ¿no? Digo, porque acá me parece que tenemos para rato.
Y Héctor contó sobre los peligros de la militancia, la necesidad de cambiar de aires, la “suerte” de haber estado preso en una cárcel común y corriente durante casi dos años, en lugar de en ningún lugar, tabicado, sin la posibilidad de recibir visitas porque nadie sabría dónde ir a visitarlo y todo lo demás. Contó sobre el ser uno de los que sobrevivieron, el estar en este presente, sin quienes habían intentado junto a él construir …
De pronto Héctor hizo un silencio. Pero una pausa distinta a esas que estaban habitadas por el dolor y la melancolía.
- ¿Te das cuenta de todo lo que te estoy contando mientras estamos parados casi en la puerta de la comisaría?
- Y ni un poquito de miedo. Qué maravilla.
Al salir, Edgardo y Sonia los encontraron con los ojos algo húmedos.
VI
Cuando a la mañana siguiente sonó el celular de Edgardo, las dos parejas ya habían dado por terminado el caso. Pero no. Quien llamaba era el Sargento Huenchupán, que les informaba que había noticias sobre el objeto robado.
A la cartera la había encontrado una mujer en un canasto de basura. La mujer había avisado telefónicamente a la comisaría, advirtiendo que solo se la entregaría a la damnificada, nunca a la policía.
- Es brava esta mujer. - advirtió el Sargento - Acá entre nosotros, - murmuró en tono confidencial – lo que pasa es que ella estuvo involucrada hace muchos años con un miembro de la Institución. Es un caso de despecho. Vieron cómo son estas cosas... Así que yo espero afuera, eh. Si quiere usted quédese conmigo. Entre la señora y ella se van a arreglar, va a ver.
- Mi hijo viene y me dice: “Hay una cartera en el cesto de basura” - comenzó a contar Marta Mercedes Méndez mientras pitaba nerviosamente el cigarrillo – Y yo le digo: “Dejala nene, no nos metamos en líos, a ver si a la dueña la han muerto y después andá a saber si nos acusan de algo”. Pero el Fernando insistía con eso de que hay que hacerse cargo y la responsabilidad y el mundo. Anda con esas ideas hace un tiempo y te discute te discute y hasta que una no le dice que sí o basta no se calla. Entonces le digo: “Bueno, traela” Y ahí nomás nos ponemos a ver si había algo con el nombre de la dueña. No por revisar ni por robar, ¿vio? Que a mí me han educado muy respetuosa, ¿sabe? Y me daba una cosa andar metiendo la mano en cartera ajena, pero yo decía, alguien tiene que hacer algo, miren si después aparecía un cadáver y yo me quedaba con la culpa de no haber dicho nada. Así que si es suya llévesela, yo se la doy a usted no a estos que la confianza de una la tiran a la basura como si fuera yerba usada.
Sonia y Marta se abrazaron, se desearon buenos augurios, se agradecieron, reflexionaron acerca de la vida y la bondad o la maldad de las personas y todo lo demás.
VII
En el acta que llegó a la casa de Edgardo dice que no se ha logrado establecer durante la realización de la inspección ocular la presencia de rastros y/o huellas dejadas por el o los autores del ilícito. Dice que el no haber logrado esto obstaculiza el llevar adelante las pericias criminalísticas correspondientes. Dice que a la denunciante se le hizo entrega de la cartera sustraída y que dicha cartera fue encontrada en un cesto de basura por la Srta. Marta Mercedes Méndez. Y que las medidas de investigación y que los elementos de convicción pertinentes y que se archiva y todo lo demás.
El acta llegó un mes después, cuando nuestros personajes ya habían colocado al hecho de referencia en el lugar de la memoria en donde habitan las anécdotas.
VIII
De la cartera de Sonia faltaba el dinero, el celular y el perfume. Todo lo demás, estaba en su lugar.
Etcétera
La Real Academia Española dice que la palabra “etcétera” viene del latín y que significa “y lo demás”. También dice que se usa para sustituir el resto de una enumeración que se sobreentiende o que no interesa expresar.
Un celular recibe los datos de otra agenda de destinatarios; Sonia y Marta aumentan su ritmo cardíaco en el mutuo abrazo; alguien tiene trescientos pesos que hace un rato no tenía; las palabras antes tapadas se sueltan una mañana cualquiera frente al lugar en donde antes el miedo cotizaba alto. Personas que pierden, ganan, se arrepienten, cobran venganza, se sinceran, se hermanan, se desesperan, se descubren y todo lo demás.
IX
Entonces Marta Mercedes Méndez huele el perfume, su pequeño botín de guerra, y piensa en los poemas, en Ramírez, en la otra, en los dientes apretados, etcétera.