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Domingo
26
Mayo
2013
El chofer que quería ser dios, de Etgar Keret
15.1.2012
El pensamiento fundamental que le rondaba por la cabeza
era que para cada persona existía al menos
un único pensamiento que se asemeja  sí mismo.
Un pensamiento con color, volumen y contenido
que sólo esa persona puede pensar.
“Un pensamiento en forma de cuento”.

Contracción. Esa es la sensación de movimiento que produce la literatura de Etgar Keret. Su narrativa nos retrae y nos dilata, y lo hace con violencia y suavidad, con frecuencia y con intensidad. Al final queda la enorme satisfacción, como la que supone un alumbramiento, y luego el duelo, y ese sentirse en fragmentos.
Más de una vez cerraremos los ojos con fuerza, de la emoción, del espanto o de la carcajada. O todo junto: de la patada al límite para  cualquier arquitectura de moral que haya existido. De la vergüenza que sentimos al rodar tanto placer en nuestro morbo de lectores bienandantes.
La tapa con que la editorial Emecé ilustró este libro oficia de carta de presentación de la dramática, lúcida y sensible narrativa de este genial escritor, guionista y cineasta israelí. Allí, una simpática caricatura posa sonriente mientras con un revolver está descerrajándose la cabeza. Imagen precisa de lo reversible y lo irreversible del acto. Cínicamente concurren “lo reversible”, el afuera y el adentro del sujeto, en la sonrisa y en los sesos; y lo irreversible, definitivo, en la ejecución del tiro, con decisión y con solemnidad. Y qué mayor solemnidad que esta del absurdo. Nada más representativo de la ternura, de la ironía y del fatalismo de la literatura de este escritor. Quizás por esta habilidad o dote narrativo, es que ya tiene publicados varios títulos de relatos breves (Un hombre sin cabeza, Ed. Siruela: 2011; La chica sobre la nevera y otros relatos, Ed. Siruela: 2006; Papá escapó con el circo, FCE: 2005), los que además han sido traducidos al menos a dieciséis idiomas.
Veintiún cuentos y una novela-corta conforman la selección de El chofer que quería ser dios (título que usó Emecé desde 1994 y en sus reediciones al español de 1998, 2002 y 2004, mientras Siruela lo editó desde 2008 como “Pizzería Kamikaze”). Simbólico número que representa la mayoría de edad, una suerte de condición apta para leer y sobre existir (supervivir) a este libro. Sin mayor palabrería de oropel, aunque con una fineza narrativa y figurativa que no da cuartel, Keret traza unos personajes tan resueltos y definidos como inquietantes y contradictorios, todos planteados en una armonía magistral para cada relato, que, aunque por momentos algunos de ellos nos parezcan atonales, tal disonancia no hará más que disimular la perfecta consonancia para cada desenlace.

Sin rótulos
No podría (ni debería) clasificarse unívocamente su obra. Encontramos en ella distintos géneros que van desde el surrealismo al realismo, primando una mezcla entre lo fantástico, la ciencia ficción, lo humorístico/absurdo y lo lúdico. Tramas y subtramas compiladas en una serie de relatos breves que combinan complejas problemáticas de orden político, como el conflicto israelo-palestino (Listo para disparar), hasta temáticas no menos controversiales, y que develan un permanente y cínico flirteo con asuntos tabú para la tradición judía, judía-occidental y judía-israelí, como la memoria del holocausto (Zapatillas), el dilema de ser/no ser como se espera en el sagrado servicio secreto israelí (El hijo del jefe del Mosad), o, uno de los que parecería ser un tema fetiche del autor, la muerte desde la perspectiva del suicidio (La colonia de Kneller). La muerte no será un sitio seguro donde uno pueda descansar en paz. Ni esa tregua nos da Keret (y se lo agradecemos). Por el contrario, matarse o morir implicará todo un tránsito fastidioso y fatigable por una burocracia postmortem, y la misma (obviamente) funcionará mal. Pero esto último es materia de la novela corta del final (o cuento largo para aquellos ortodoxos del género), que Keret ha decidido contárnosla fraccionaria y dosificadamente en más de veinte curiosos y llamativos títulos/capítulos que cierran con la obra.
El tono de los cuentos oscila entre un estilo simple e intenso para contar cuestiones de espesor cotidiano donde indaga en la dinámica siempre probable como impredecible de las relaciones humanas, sus convexidades, sus concavidades y sus largas rectas llanas. Como un autista que intenta explicar el mundo, elabora una especie de leyenda acerca del poblamiento/despoblamiento lunar (Un pensamiento en forma de cuento). La discriminación (La triste historia de la familia hormiguero, Ojos brillantes), las presiones y prejuicios por pertenecer (Los Santini Voladores) y los estereotipos que fosilizan las sociedades son los temas que exquisitamente trabaja Keret en una muestra clara de que así como pueden matar el significado, matar la vida, también queda lenguaje para rato (para bien o para mal). En el tópico extenso y superpoblado de las relaciones humanas, pero ya no solo entre mundos y sociedades, si no entre personas, Keret nos ofrece un relato acerca de la complicidad trunca, bien intencionada aunque frustrada, entre dos sujetos con peculiares obsesiones como padecimientos (El chofer que quería ser dios). Avanza también en terrenos de relaciones más “bilaterales” pero no menos complejas (como las negociaciones de paz en “Medio Oriente), las relaciones entre “amigos” (Un agujero en la pared), entre padre e hijo (Romper el chanchito), entre madre e hijo (Útero), entre sujetos y mascotas (Murió Rabin). En la exploración de las formas de las relaciones humanas el autor nos introduce en el infierno y los dominios del demonio (Un spritz del infierno, Un último cuento y listo), en las relaciones sentimentales entre heterosexuales (Añorando a Kissinger, Lev Tov, Segunda Oportunidad, Tu hombre, La novia de Korbi, y tal vez Jet-lag).
“Buenas intenciones/Buena puntería” merece una mención aparte. Corrosiva y difícil de digerir es la inversión que Keret logra con los imperativos categóricos. En este mundo no hay ya lugar para los buenos, sino para los personajes que avanzan hacia su destino irreversible e incuestionable portando esa extraña moral del límite, en una mueca magistral que sigue a toda contracción, ante el mayor dolor inaugural que da la vida, y que a su vez la quita de su vientre.

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