Registrarse Ingresar
Miércoles
19
Junio
2013
Todo cuanto amé. Siri Hustvedt.
11.1.2012
Todo cuanto amé. Siri Hustvedt. Barcelona, Anagrama, 2006.

 

Las historias que relatamos sobre nosotros mismos
solo pueden narrarse en pasado.
El pasado se remonta hacia atrás
desde donde ahora nos encontramos,
y ya no somos actores de la historia
sino espectadores que se han decidido a hablar.


Hay historias que estremecen, y que a medida que uno va adelantándose en la lectura, quiere a su vez abandonarla, salir de ella, desasirse y retornar como el infiel al lecho conyugal, sereno y sin sobresaltos, en el que espera nuestro amor de siempre, en esas mismas sábanas de color claro, ya sin perfume. Pero hay historias que seducen, y que nos obsesionan con una atracción infatigable, impudorosa, y nos estancan. Siri Hustvedt es ya la dama de la literatura norteamericana contemporánea. En sus escritos, ha superado crecientemente en complejidad a quien se ha convertido en “el marido de Siri”, y que no es otro que nuestro autor fetiche, el gran Paul Auster, para quien es la dedicatoria inaugural. “Todo cuanto amé”, segunda novela de la escritora, está narrada en una primera persona en masculino, por el único personaje que no se disloca a lo largo de este drama tripartito. Parte y testigo del apogeo y de la desarticulación de dos historias familiares intersectadas por el amor y el espanto, Leo Hertzberg arriba a un final tranquilo, pero ejerciendo e insistiendo allí en una soledad defensiva y en una selectiva compañía con las que por fin sentirse vivo. De esta manera le observamos en el siguiente cuadro: Lazlo leyéndole en un recreo a una ceguera que lo abarca todo. Todo cuanto amaba.
  Un gran conocimiento de arte y de literatura, de historia y psicología se ha desplegado a lo largo de más de cuatrocientas páginas que enaltecen una vez más al sello Anagrama. No es casual que además en la portada se observe nada menos que un cuadro en que la mujer ilustrada nos da la espalda; curiosa metáfora para una obra que centra casi la mayoría de su historia en la descripción de los cuadros de un gran artista como mejor excusa desde la cual hablar de uno mismo y de sus otros significativos. Eso es precisamente lo que hace el narrador, Leo Hertzberg. Entonces, que una mujer en la portada nos dé la espalda nos hace pensar, por lo menos, en lo que se mira en retrospectiva y desde un lugar de mayor amplitud y foco desde el cual podemos, incluso, desenmarcarnos, como cuadros, y analizarnos. Acaso así podamos entender lo que nos dice Siri desde Leo: “…la dificultad de ver con claridad me persiguió desde mucho tiempo antes de que me fallaran los ojos. Se trata de un problema asociado a la perspectiva del espectador (…). Con todo, el alejamiento tampoco garantiza la precisión, aunque a veces ayuda”. p. 317.
  Entre los personajes de esta obra hallamos por un lado a un gran artista de la plástica, Bill Wechsler; a su psicótica mujer/ ex mujer Lucile, quien además de escribir poemas mantiene una chocante relación consigo misma y con su maternidad; su aún más extraño y perverso hijo Mark, portador de un inquietante narcisismo patológico y una mitomanía en ascenso; y a la radiante y pasional Violet, obsesionada por la historia de la histeria, y que tal vez sea un alter ego de nuestra autora; por otro lado vemos (que vemos, que la literatura norteamericana parece sus más brillantes producciones cinematográficas) a su gran amigo e historiador y crítico de arte Leo Hertzberg; su esposa/ex esposa Erica; y su hijo y el gran duelo de su vida, Matthew.
  Esta novela, que comienza con una pormenorizada lectura de un cuadro del talento de moda, evoluciona hacia una concisión aún mayor en todo lo que pueda ser leído. Inmersos en el mundillo de la cultura y del ámbito académico, no quedan afuera los avatares relacionados con el mercado del arte y las galerías que con él comercian, así como tampoco dejan de problematizarse los límites del arte en la performance del horror.
  Aquí también hay padres que mueren, e hijos con cuentas pendientes. Pero aquí hay una muerte que triza la historia, y es la de un niño. Ese momento se torna dramáticamente parentético, suspende todo en un antes y un después, en los que incluso el lector no sabe cómo seguir. Hay también una desaparición que inaugura una serie de desapariciones simbólicas, y reflejas, introduciéndonos así en un subgénero dentro de esta novela que seductoramente juega a mostrarnos otra historia, una más intrigante y policíaca, que sin desencajar en el relato, deja perplejos y desestructurados a sus personajes, quienes ya nunca volverán a ser quienes eran (por instinto de supervivencia o por desilusión).
  Este libro comienza en una tonalidad mayor describiendo la vida exitosa y casi perfecta de dos parejas y de sus niños, y termina en un tono menor, que no por triste y nostálgico resta adrenalina y emoción. El dilema de “Todo cuanto amé” es simple y complejo: uno no sabe cómo renunciar, pero tampoco cómo continuar (leyendo y viviendo). Y sin embargo se avanza. Resulta perturbador el ver cómo todo puede continuar, a pesar de la muerte imperfecta: de la muerte en el cuerpo de un hijo.

Compartir esta nota: