En una mañana de mediados de septiembre salí a la ruta. El frío era intenso para esa fecha. No me importó mucho dado que estaba trepado en mi nueva moto. Tomé dirección al norte, como es usual en la Patagonia. Ir al sur allí es redundante. La ruta 3 se extendía, como siempre, interminable, subiendo y bajando largas hondonadas. Hay pocas canciones para esta ruta, incluso poca literatura y, si uno lo piensa un poco, ella tiene la piel de varias generaciones pegada en su asfalto. La ruta 3 merece el nombre de ruta. No se destaca por su belleza, aunque de a ratos las visiones del paisaje pueden ser extasiantes. No, se destaca porque siempre te lleva a un viaje interior. No importa si uno es muy sofisticado, o si no lo es, si es un imbécil irredimible o un genio. Algo te pasa en la ruta que, ya sea por el aburrimiento, o por el cansancio, la recorrés pensando dos o tres cosas íntimas, sin destino, pero emocionantes. Claro, bien vale la pena aclararlo, íntimas no quiere decir personales. Y cuando termina el viaje las olvidás por completo, pero te queda el molde de la sensación. Sabés que ahí pasó algo. Sabés que es algo fundamental, pero no tenés idea de qué se trata, entonces, lo dejás ahí. Listo. El convide rutero de un alma fuerte es precisamente eso. En estos años mucha gente, de distintas edades, se había lanzado a las rutas. La 3, entre otras. Todavía es muy silencioso ese movimiento porque no tiene una forma homogénea, no es tan interesante para la sociedad mediática. Se percibe con el rabillo del ojo, pero ante todo se percibe escuchando. No fueron uno, ni dos personas, sino varias las que luego de un momento de charla me confesaron que habían tenido o querían tener experiencia en la ruta. Algo pasaba, promediaba la década, la primera del siglo y volvíamos, de a poco, a movernos.
Para que la experiencia en la ruta ocurra no hace falta mucho. Para que ocurra en la moto, mucho menos: viento, cierto olor a nafta, un ruido mecánico entre las piernas, un sol o un frío persistente, y acelerar. La filosofía siempre fue algo barato, queda muy claro. Porque como dicen los motoqueros una y otra vez, no importa la moto, importa el viento. Y es verdad, y eso que motoqueros hay de todas las especies, y en lo que respecta a viajes, los hay con monumentales máquinas alemanas, los hay con insinuantes máquinas japonesas de movimientos sensuales, los hay, y las hay, dada la costumbre del género, en motos chinas nacionalizadas y en nacionalizadas chinas. Y en lo que respecta a las motos, las hay en al menos cinco géneros dentro del género, desde la chopper, pero mejor las customs, hasta las pisteras, pasando por las endureras y las traileras. Pero cada una de ellas es una excusa frente al viento. Y eso se sabe, más allá de algún gesto aristocrático por aquí y por allá que nunca deja de aparecer.
Bien, entonces, me lancé a la ruta. Fueron horas y horas solamente parando para repostar combustible donde era posible. En un abrir y cerrar de ojos pasé de la estepa patagónica que no es estepa, ya lo sabemos, pero así lo sentimos, a los paisajes ondulados del sur de la Pampa. El cruce del Colorado en cualquiera de las dos direcciones es el cruce de una frontera radical. Uno sabe que deja un mundo y entra en otro. Las primeras horas del viaje fueron dentro del entorno de lo conocido, desde los tiempos de la niñez sumado al arisco clima de la primavera del sur. La entrada a Madryn, luego el cruce de la ruta que va a Puerto Pirámides, Arroyo Verde que no es verde, Sierra Grande, San Antonio y la primera decisión: al Oeste o al Norte. Al Norte, claro. Conesa, Río Colorado, la Adela y la ruta 154 que no conecta pueblos sino dos rutas, la 22 y la 35, con el detalle que no es una conexión de tres kilómetros, sino de 140. Me deslicé por esa ruta sabiendo que estaba solo, con la sonrisa oculta por el casco. Hay un cartel memorable allí, un poco antes de cruzarse con la 35 que reza: “ruta monótona, descanse”. Habían pasado hasta ese punto casi 700 kilómetros de la acelerada inicial, entonces decidí parar y mirar el entorno. Estaba rodeado de caldenes, estaba en La Pampa, dónde más. Me dio risa lo rápido que me había ido. Pensé en ese momento que volver a las motos podía ser mi perdición, porque si 700 kilómetros eran prácticamente nada, qué podría esperarme, sino seguir andando. Uno se pasa horas y horas pensando en lo que hará en el viaje y luego, de pronto, se encuentra cientos de kilómetros después como si nada hubiera pasado. En esa esquina rutera me preparé un mate. Pasaron varios autos, algunos camiones y unas cuantas motos en dirección contraria. Cada una de ellas tocó bocina, todas saludaron. La Pampa es un buen lugar para andar en moto. Al rato de estar en el cruce de la 35 con las 154 llegaron dos tipos, uno en una Honda Transalp, y el otro en una Suzuki Intruder. Me vieron parado y pararon. Ese momento fue como la prueba que necesitaba para saber que todo estaba bien. Que las charlas sobre motos, veinte años antes, tenían sentido, porque lo que ocurrió, nunca hubiera pasado si no se trataba de motos. Se pararon, saludaron, claro, “de dónde venís”, “adónde vas”, etc., y empezó el cortejo. “Che, qué buena máquina, debe andar muy bien en la ruta”, entonces uno se enorgullece pero baja un cambio y dice: “sí, sí, pero vos andás en un fierro”. Esa situación duró entre cinco y quince minutos. Luego vino el lance. “A ver, me dejás sentarme”. “Sí, claro, dale”, “ah mirá que buena posición de manejo tiene”. Se consuma el acto. “Che, ¿quieren un mate?” “Sí dale. Dale”. La charla que sigue es acerca de lo genial que es andar por la ruta, si venís o vas a un encuentro, si andás solo, si siempre hacés eso, etc… “Bueno, nos vamos”. “Dale”. “Buenas rutas che”. “Buenas rutas”. Fin de la escena. Guardé el mate en el topcase, me subí y arranqué. En el camino vi algo obvio de la Argentina: lo heterogénea que es a pesar de nosotros. Que la colonia menonita, que un pueblito que se llama “Perú”, los tipos y tipas en moto que van y vienen, que una radio comunitaria, que los gringos de la Pampa, que el tipo de boina negra, que el pibe del pueblo que se compró una motito 110 y la tuneó. Seguí feliz pensando fotográficamente. Unos kilómetros más adelante, me encontré con la estación del ACA, en padre Buodo. El tipo del surtidor me vio llegar y lo primero que me dijo es que tenía una moto. Cuando logré mirarlo con atención me di cuenta que estaba en una situación que yo conocía: con la cabeza en otro lado, imaginando la gran aventura rutera argentina. Y después, después veremos. Se le notaba en la cara que quería huir. Es bravo estar al lado de una ruta trabajando y ser el que se queda. Pensé que no quiere estar estacionado el estacionero. Era un pibe joven, le brillaba la mirada y se le agolpaban las palabras cuando me contaba de su máquina. También pensé que ya se iba animar. Esos momentos son únicos. Nada importante pasa en ellos pero son, cómo decirlo, los momentos donde el ritual que todavía no está sedimentado se renueva. Mientras cargaba nafta me quedé casi media hora hablando de cuestiones mecánicas, de lo lejos que se llega en las motos cuando te lo proponés, le cuento de una amiga de Trelew que se fue al Machu Pichu, para animarlo, etc. Seguí viaje, pasé por el pueblo prolijo de Ataliva Roca, el célebre nombre del hermano del genocida modelo siglo XIX, luego por Parque Luro y la entrada sur de Santa Rosa. No tengo idea que opinan de ella pero para mí es bellísima. Unas prostitutas me hacían señas para que pare. Se veían bellas en el entorno de árboles, pasto y ruta. Me sentí, de manera desproporcionada, Ulises.