Hay que leer a Harold Bloom para entender cómo se conforma un canon literario central, hegemónico, occidental (léase Yale o sinónimos de los núcleos de poder). Pero, por suerte para los que se aburren (y con cierta razón) de los debates académicos, la denominada realidad en los discursos mediáticos, dice y mucho sobre las últimas noticias del canon rioplatense que, desde la época de Echeverría, abusa de la sinécdoque: una parte (Buenos Aires y zonas de influencia) se propone como el todo (Argentina).
Puede leerse entonces, no sin resignado asombro o ficticia resignación, la esquiva lista de los 45 escritores que representan a la Argentina en la feria del libro más importante del mundo: Frankfurt. Este año, como se sabe, nuestro país es el homenajeado y la cancillería nombró un comité de selección conformado por tres notables intelectuales (centrales) que recibieron, a su vez, las propuestas de casi 70 instituciones consultadas (cada una debía acercar 10 nombres de escritores) para conformar lo que el suplemento cultural del diario La Nación entendió como “La selección argentina” de las letras. Cabe acotar que por aquí (esta zona extrangertina) no se supo nada de nada respecto a la feria: ni consulta, ni formulario, ni selección, ni nada, como si fuéramos otro país o estemos, quizás, fuera del país denominado Argentina. El mensaje cifrado del telégrafo no llegó.
El asombro, ficticio, proviene de ese viejo chiste del tropo hegemónico: una parte se postula como el todo. Era obvio, además, que iba a ser de ese modo pues, sencillamente, siempre fue así (¿Por qué debería cambiar? ¿Porque la Presidente es esposa de un patagónico? ¿Porque se dice muchas veces cultura federal y se hacen congresos y se debate y se escriben discursos donde se pronuncia federal con énfasis?). Este país siempre fue centralista: Buenos Aires es Argentina; o mejor: funciona en representación de Argentina. Nos representan pero, a diferencia de los presidentes y de los senadores, no los elegimos. Se eligen, por así decirlo, ellos mismos y luego, ante la prensa hegemónica, también, enuncian que van a representar, una vez más, a la Argentina.
Un intelectual futbolero podría argumentar que la selección argentina tampoco tiene un jugador de cada provincia si no a los mejores, sean de Jujuy (caso burrito Ortega), o de Rawson (Calderón); pero la literatura no es fútbol porque ni siquiera posee los niveles de competencia que puede tener el deporte para converger en un centro de poder económico de primer nivel, por ejemplo, Del Potro que la remó desde Tandil. El problema es, también, otro. Además, si bien la zona rioplatense tiene muy buenos narradores, poetas y ensayistas, supongo que en el resto del país también tiene muy buenos escritores (¿o no es así?)
Queda más que claro, y sin leer a Bloom, que la denominada literatura argentina es una estructura central en la que los escritores y sus obras particulares deben someterse a una mixtura entre el mercado editorial, los medios de comunicación hegemónicos y la legitimación académica intelectual para poseer algo parecido a una identidad o a una existencia. Si no se es parte de ese juego, no se pertenece, no se es (nada). De donde que no se extraña (nadie) que muchos otros escritores ¿argentinos? no estén en la lista o peor: ni siquiera se sabe de la existencia de ellos, precisamente, porque no están en esa parte que funciona como el todo. Están afuera: ¿adónde? En el resto del país, en el interior, en el norte, en el litoral, en cuyo, en la Patagonia, en algún pueblo perdido de la provincia de Buenos Aires.
Hay que estar allí, ser de allí. Para quizás pertenecer. Changarines del Mercado Central Literario dijo Hernán Bergara y dijo bien. Mejor, las bardas.
Debería ser como los porcentajes de representación republicana: cada región, un número determinado de escritores que se seleccionen para representar al país; como ocurre con el parlamento. De ese modo sería más democrática, más argentina o más nacional, la selección. De más está decir, que la selección que viajó a Frankfurt es impecable e inobjetable desde el punto de vista de la literatura rioplatense, pero no se puede decir que representa a todo el país.
No es toda la literatura argentina: es una parte, la rioplatense. Falta el resto, dijo Chano a Contreras.
Aquí, digamos, en Patagonia, hay por lo menos 10 escritores (entre poetas, narradores y ensayistas) que están al nivel de muchos de los 45 seleccionados y, si se hubieran hecho bien las cosas, tendrían la posibilidad democrática de exponer una literatura que se piensa argentina (¿o es latinoamericana del sur?). Pongo énfasis en estas cuestiones porque el viaje lo organizó la cancillería con fondos públicos, nacionales, y en nombre del país (no es algo privado por más que el conglomerado de editoriales y agentes literarios aprovechen el negocio de siempre).
Habrá que seguir pensando cómo hacer un país federal (en serio) donde cada región y provincia tenga su lugar, su oportunidad, su posibilidad, su número. Hace poco vino a la zona el diputado nacional Roy Cortina para debatir los borradores de una futura ley federal de cultura. Ojalá tenga éxito; pero para que sea federal en serio debe descentralizarse en serio también y eso significa que las comisiones, selecciones, comités y otras yerbas estén descentralizadas y que cuando se hable de Argentina o de Nación, estén representadas todas sus regiones.
Mientras tanto, la maquinaria, la estructura centralista de la cultura y de la literatura rioplatense sigue empeñada a nominarse como argentina; leemos en una publicidad de la revista Ñ, suplemento cultural de Clarín, lo siguiente:
Usina de cultura. Pensadores, poetas, artistas plásticos y gestores culturales debaten la argentina que pasó y la que se viene.
Podrán pensar la cultura y la literatura, una vez más, de la zona rioplatense, pero, por favor, no piensen por nosotros. Les puedo asegurar que aquí se piensa mucho y bien. Se piensa tierra adentro o más allá de la línea de fronteras.
Mientras tanto, y en realidad es lo único válido: se sigue escribiendo literatura en Patagonia, ¿Argentina?