Como en las novelas “Terra Nostra” de Carlos Fuentes o “La lentitud” de Milan Kundera, aquí también el tiempo del relato, flexible, cambia de escenario avanzando y retrocediendo una y otra vez desde el pasado (el de Francia a fines de s. XVI) hasta el presente (el de Chile, el de Latinoamérica y también el de Europa). Este ida y vuelta, que deliberadamente podría haber falseado alguna de las unidades del relato, acabó más bien enriqueciendo su forma; sobre todo para el lector post-einsteiniano de hoy, que no cree ya en la existencia positiva de un tiempo uniforme y para quien pasado, presente y futuro son por tanto las versiones pintorescas de una trama interna que no varía.
Hay en “La muerte de Montaigne” de Jorge Edwards (Buenos Aires: Tusquets, Colección Andanzas, 2011, 296 páginas) una interpretación de la moderación política, que no puede resultar más atractiva y oportuna. Una historia de la moderación, de la cual Montaigne, pero también Montesquieu, a su modo Swift, Borges y Alfonso Reyes formarían parte, incluirá gustosa este trabajo reciente del autor chileno. Las más famosas utopías comunitarias (la de Platón, la de More, la de Montesquieu, la de Rousseau) han sido, todas ellas, ejercicios de moderación política, ficciones destinadas a mostrar los beneficios del límite, gestos discursivos que estimularon la aceptación de la autoridad abstracta de unas ciertas virtudes (esas leyes subjetivadas) en las que el individuo -la parte- y la comunidad -el todo efectivo- propendieron a una no distinción. En última instancia, hasta la legislación misma, cuya profusión motivó la queja temprana de Montaigne en varios de sus ensayos, debería aliviarse por sí sola una vez que la comunidad acepta practicar aquella moderación. Montaigne, en tal historia, figuraría probablemente como el príncipe de los moderados modernos; toda una inspiración para quienes imaginen que la rectitud civil es un camino para la salvación de esta humanidad que no cesa de chapotear, fascinada, tanto en el exceso como en el defecto.
La moderación, esa expresión del justo medio que la tradición judeocristiana defendió (y que a su modo ya Platón y Cicerón habían buscado propagar), es uno de los ideales difíciles de la imaginación política. Ser moderado es mucho más arduo, o complejo, que incurrir en el facilismo generalmente irreflexivo de los extremos. Al extremismo se llega por falta de experiencia, por ignorancia o por intemperancia. Montaigne había procurado instalar sus acciones en ese centro que, por un lado, parecía contribuir a la mezquindad conservadora, pero que, observado de cerca, constituía ya una manifestación de sinceridad política; pues cada vez que se dijo que algo cambiaba, nada de ello ocurría en realidad excepto en las superficies excoriadas del escenario histórico, es decir en la presentación de una realidad que, so pretexto de haber experimentado una metamorfosis completa, se había dedicado tan solo a desplazar el núcleo del poder. Así, la Rusia del joven Trotsky y de Stalin no hizo sino conservar la centralidad del dominio, diciendo que dicho poder había pasado de manos para depositarse en las de un pueblo que, sin embargo, jamás lograba reivindicar como propios a sus terribles comisarios (según los cuentos de Bulgákov lo han mostrado). La Cuba de Castro tampoco se animó a distribuir públicamente los resortes de la supuesta verdad histórica que allí se habría consumado. Incluso las democracias del “desarrollo político”, como Mariano Grondona las nombró recientemente con entusiasmo profesoral, y que habrían sido (y seguirían siendo) responsables de una cierta estabilidad institucional y de un acceso generalizado a la libertad, no han hecho más que disimular, por debajo de un juego electivo, la existencia de las monarquías económicas que por cierto nos dominan. En resumen, las políticas nacidas del supuesto compromiso extremista constituyen, sin excepción alguna, una fachada que oculta esta verdad difícil de negar: los extremos son instrumentos de realización del dominio real. La moderación legítima (que por lo demás casi nunca coincide con los partidos “de centro”) propone en cambio la inclusión completa de las múltiples aristas presentes en los problemas comunitarios; su adopción es ardua, por tanto, en la medida en que dicha inclusión exige la meditación, la práctica del distanciamiento generoso y del rigor, y también esa mirada abierta sobre todo aquello que nos constituye pero como si quien la lanzara fuera otro y no uno mismo. En esto descolló el proyecto de Montaigne, según es sabido, y a esto también se entregó, en la presente novela-ensayo, Jorge Edwards por la vía de una ficción que no admite la división de la realidad en hechos privados y públicos. (Dicho sea de paso: quienes se comprometen con los extremos suelen ser también quienes terminan defendiendo a ultranza esta partición, mientras que el moderado tiende en general a suprimirla, o al menos a suspenderla, proponiendo que el sujeto debería continuarse a sí mismo por el ejercicio de la virtud en ambos espacios).
Un par de cosas más a este respecto. La primera. Moderación no es tibieza. La tibieza no se da como propiedad de la posición política postulada, sino como propiedad del sujeto que suscribe esa posición en el interior de un cierto espectro (probaría esto el Montaigne de Edwards, por ejemplo, jamás indeciso aun en la moderación). Es el sujeto el tibio, entonces, y no su idea. La tibieza es propia de la voluntad que se aplica al sostenimiento de una posición, pero no un predicado de esa misma posición. La segunda. No son pocos quienes, resentidos por la frustración que dejó en ellos una juventud dilapidada en el ejercicio del extremo, se complacen en identificar la adopción de la moderación por parte de quienes antes habrían sido como ellos, con lo que denominan un “aburguesamiento”. Tal identificación es a todas luces incorrecta e incluso ofensiva. Quienes la hacen no solamente son gente resentida sino además hipócrita. La moderación no es burguesa (la vida de Montaigne parece haber consistido en una lucha reflexiva librada contra el legado de sus antepasados comerciantes); ella es conservadora en el sentido puro del término, mientras que todo burgués, en cambio, es un extremista de su propia causa. Su posición se consolida políticamente como conservadurismo, sólo en aquellas ocasiones en las que dicho burgués busca la continuidad de sus privilegios. Pero, cuando no es este el caso, y a semejanza de cualquier grupo humano animado por un cierto interés al que no renunciará, ese sujeto primoroso intentará incluso la revolución, o al menos el cacerolazo. La historia está repleta de pruebas empíricas de esto. Pídasele, si no, a un burgués legítimo que acepte “moderar” sus ganancias y entonces verán aquellos resentidos la respuesta que obtienen. Varias frases de Edwards, dispersas pero no casuales, apuntan directamente a esto.
La prosa de Edwards está infundida de ritmo montaigneano. Algunas confirmaciones pueden verse en los siguientes puntos: la reflexión ha dejado de ser tumultuosa y avanza en paz, diciendo todo lo que tiene para decir en un estilo que los ingleses llaman “low key”, que los medievales llamaron “stylus humilis” y que es el más difícil de todos, a juzgar por Cervantes y por Balzac; se ha renunciado al misterio de la sugerencia, al que se le ha preferido el no-misterio de la ironía franca, directa; hay un rechazo general del paréntesis, es decir de los mecanismos de compresión semántica; la puntuación es laxa, sirviendo más para difundir un discurso casi seco, de pocas resonancias pero de sustancia tranquila, que para segmentarlo con furia; la longitud de la frase es mediana, pues, al estilo de Montaigne, ella busca las escansiones del habla y no, como en Quevedo, Góngora o Gracián, como en Borges, la fisonomía de una pura escritura divorciada de la respiración animal. Todas estas son las propiedades de una prosa tersa, carente de arrugas especulativas, en la que se propone una continuidad cortada cada tanto por digresiones que no interrumpen las andaduras rítmicas y que, ramas obedientes, saben reconocer la preeminencia del tronco del que partieron.
El cabo suelto puede ser a veces en este escrito un recurso ocasional, pero la poderosa unidad temática que lo gobierna subsana con rapidez todo desliz a este respecto. De más estaría hacer una mención detallada de la calidad del trabajo desde el punto de vista de su documentación histórica y literaria. Un examen incluso rápido del texto mostraría que sus cualidades se multiplican sin dificultad. El léxico empleado por Edwards, por ejemplo, es de una sobriedad envidiable; este libro puede ser leído sin un diccionario al lado; está compuesto como para los viajes -siendo quizás a su modo, también, otro viaje él mismo. De hecho, esta circunstancia da lugar a la reconciliación de dos dimensiones generalmente apartadas: la de una redacción que facilite la difusión masiva del texto, y la de la inteligencia del texto. El estoicismo verbal que parece haber presidido su escritura, bien pronto incorporado a la raíz misma que alimentó sus bases ideológicas, fue causa de la morfología que luego proliferó: práctica en estatura pero dueña del cuerpo denso e irrompible de los arbustos suficientes. Edwards es amable, clásico, profundo, culto sin perversidades y sarcástico sin pesimismos. Esta sola colección de moderaciones bastaría para recomendarlo al panteón actual de las letras.